Mes: mayo 2014

Médico y filósofo José de Letamendi

“No ignorarán ustedes que los médicos prescriben en sus recetas cuerpos simples y compuestos, y que el número de pócimas que con los últimos se forman es verdaderamente incalculable, desde el modesto y simplicísimo cocimiento de zaragatona, hasta la triaca magma, preparada por la mezcla de centenares de sustancias.

Pues sucede con los hombres de ciencia lo que con esos preparados que estudia la terapéutica: en relación con los conocimientos que atesoran hay hombres sencillos o elementales –por no decir simples– y los hay binarios, ternarios, &c. El Dr. Letamendi es una triaca magna.

Pero no es esto lo que más me espanta, que diría Espronceda: eso de saber muchas cosas, [118] tiene algo del trabajo descansado –perdón por la antítesis– del almacenista. Todo mozo de laboratorio guarda en los estantes multitud de preparados de diversos géneros. ¿Se trata de hacer una reacción, de formar un nuevo compuesto? El mozo ya no entiende de eso, y el químico se hace necesario.

Sí, hay muchos hombres que saben muchas cosas, aunque me esté mal el decirlo. La resultante de todos los conocimientos que el catedrático de la central atesora no cae dentro de la medicina, sino bien lejos de ella: en la región de la idea pura. Antes que toda otra cosa, el Dr. Letamendi es filósofo: pero lo es al modo como es blanca la luz, que, por propia virtualidad, ni es luz ni blanca, sino que así se ofrece a favor de una conjunción y compenetración misteriosa de rayos diversos, de movimientos distintos, que al fin dan ese efecto total por necesaria resultante.

Palabra de honor que no trato con esta disección sutilísima de acreditar mi perspicacia: quiero separar de este modo a los filósofos simples que atentos sólo a la génesis de la idea [120] no son descomponibles por prisma alguno, de estos otros que a la refracción más pequeña deslumbran nuestra retina con los magníficos esplendores del iris. Oír hablar a uno de aquellos produce el efecto de la labor continuada, monótona, de la hilandera; sus labios son cosa así como un laminador que deja lentamente paso a una masa uniforme, lisa, sin ángulos entrantes ni salientes. Oigan ustedes al doctor Letamendi, y seguro estoy de que ha de producirles la impresión de algo que se mueve y se agita, que va y viene, que toma de aquí y de allá savias distintas para hacer luego de ellas sabrosísimo compuesto.

Y es que el Dr. Letamendi es más poeta de lo que él mismo cree –y aquí mi pluma, a modo de mano de buzo, va a ofrecer al maestro una actividad de que él no parece haber hecho gran aprecio:– si, según hoy de ordinario se piensa, la poesía consiste en hablar con imágenes; nadie que haya oído al doctor, aun en íntimo coloquio, podrá dudar de la veracidad de mi aserto. No sube una vez al cielo de la idea a robar el fuego sagrado, que no tenga ya preparadas las figuritas de barro para encarnarlo.”

Referencias

http://www.filosofia.org/aut/002/1889hc11.htm

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